Sunday, February 03, 2008

Felicidad


“Esto es la felicidad para mí”,

Sentada en la misma toalla sobre la arena, sostenía un cangrejo pequeñito entre mis dedos que se escondía en su concha cada vez que se sentía atrapado en la superficie de mi mano.

“Para mi también lo es… ahora, mañana puede ser otra cosa”

Alberto, mi hijo mayor estaba entre las olas con su tabla de surf que Daniel, mi marido, le había regalado por su cumpleaños 22.

“Si, hoy esto es mi felicidad, compartir este momento con un amigo de toda la vida y ver sano y feliz a mi hijo”

José volteo y vio el perfil de Amelia, su cabello café enmarañado enmarcándole los pómulos sobresalientes, sus labios finos y su nariz tosca y tostada por el sol y el agua salina, el gesto de paz en sus facciones y la mirada fija en el joven rubio que luchaba por mantenerse de pie sobre las olas y que de vez en vez volteaba a saludar a su madre como lo hacía cuando niño en los juegos mecánicos.

“Tu hijo debe ser tu mayor logro”

“Mi hijo es una sonrisa permanente en mi rostro pero sus logros son suyos, mi mayor logro es poder estar aquí hoy”

“Hace cuanto que veniste”

“Unos 25 años, ya falta poco”

“¿Para qué?”

“Para que lleguemos a ser los amigos de sesenta años que siempre quisimos ser, ¿viste que si volví?”

El hombre se quitó los lentes dejando ver que sus párpados se abrían con dificultad, volvió a mirarla, ella clavó sus ojos en su rostro, era como descubrir una cara nueva en un viejo conocido, como si lo viera por primera vez.

Ya no era el mismo, nunca volvió a serlo, sentada junto a él en la playa me di cuenta que la distancia se había llevado algo más que los caprichos y las esperanzas mal fundamentadas, la distancia y el tiempo se habían encargado de sazonar una complicidad rara que al paso de los años ni él ni yo seríamos capaces de definir.

Platicaron largo rato hasta que en la arena comenzó a reflejarse la tarde, de un lado las nubes se habían teñido de un azul intenso, que al avanzar hacía el poniente se convertían morados que variaban desde rosas claros hasta los rojos rodeando al sol a punto de ocultarse, la arena y el agua hacían un espejo en el que los pasos de Amelia se reflejaron al acercarse a pedirle a su hijo que saliera del mar; era tarde, tiempo de regresar a casa de José, al otro día el vuelo salía temprano de vuelta a la ciudad.

“Alguna vez pensaste en verdad, venir a vivir acá”

“Alguna vez”

El joven salió del agua, le dijo a su madre que iría a cambiarse, puso su tabla en la camioneta de José y desapareció en un sendero con rumbo a una casita en donde alquilaban el cuarto de baño por unos cuantos colones.

“habría sido una mala decisión, la vida se acomoda siempre de tal forma que uno va entendiendo que encuentros como el nuestro son parte del mismo plan, tenemos el poder de darle giros radicales a la vida, pero uno no siempre puede hacer lo que quiere, y a veces lo que uno cree que quiere no es más que un sueño que se torna inalcanzable al pasar del tiempo”

“¿Y si te quedas ahora?”

“¿A que me quedaría?”

“A lo mismo que te habrías quedado la última vez que viniste, a ver qué pasa”

“Déjame pensarlo, mi vuelo sale hasta mañana”

De entre la arena José sacó un trozo de coral que me ofreció, lo tome y me quedé pensando en la naturaleza de lo que decía, sabía que hablaba en serio porque no acostumbraba a decir cosas así al aire, lo extraño era que lo estaba considerando de verdad; hacer un alto al trabajo y a la rutina y vivir en ese país donde todo parecía pintado de verde, donde el estrés era diez veces menor que en mi ciudad y donde estaba un trozo de mi vida que se había reducido a llamadas esporádicas y cartas ocasionales para saludar y sentir que aún había contacto.

José la abrazó y le pidió que volteara hacía arriba, las estrellas parecían tan cercanas que provocaban la sensación de que con sólo estirar las manos podrían tocarlas.

“Alguna vez me pusiste entre las nubes, en la cima de un volcán, ahora me bajas las estrellas, sólo falta que me enseñes a volar “

“Volar es algo que tú sabes hacer muy bien, quizá lo que nunca has sabido hacer es aterrizar”

Ambos se rieron, Alberto les tocó el claxon, desde la camioneta, Amelia guardó el coral en la bolsa de su bermuda

“Déjalo conducir, no lo hace nada mal”

Los tres subieron a la camioneta, Amelia miró como el paisaje de la playa se iba haciendo pequeño, allá se quedaban sus pensamientos enredados, al otro día tomaría el avión de vuelta a casa y pasaría algo de tiempo antes de volver a ver a José.

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